Colón sufrió la lesión el 17 de octubre de 2015, cuando enfrentó al estadounidense Terrel Williams en Fairfax, Virginia. Durante el combate recibió varios golpes ilegales en la parte posterior de la cabeza, conocidos como “golpes de conejo”. Tras la pelea, se desplomó en el vestuario y fue diagnosticado con un hematoma subdural, por lo que tuvo que ser sometido a una cirugía de emergencia.
El expúgil permaneció 221 días en coma y posteriormente quedó con graves secuelas que le impidieron caminar y comunicarse con normalidad. Desde entonces, permaneció bajo el cuidado permanente de su familia.
Antes de aquella tragedia, Colón era considerado una de las grandes promesas del boxeo. Llegó a registrar 16 victorias, 13 de ellas por nocaut, antes de que su carrera terminara abruptamente.
Su historia se convirtió en un símbolo de los riesgos que enfrentan los deportistas en el boxeo y generó cuestionamientos sobre la seguridad de los peleadores y la actuación de los oficiales durante aquella histórica pelea.
La noticia de su muerte fue confirmada por su padre, Richard Colón, y provocó numerosas muestras de solidaridad dentro de la comunidad boxística.