La posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia estuvo marcada por tres momentos que concentraron la atención política y simbólica del país: un extenso acto religioso, un discurso pronunciado desde un batallón militar y el protagonismo otorgado a Luis Felipe Yagüé, un vendedor de panela convertido en símbolo de su campaña. La ceremonia, realizada por primera vez fuera de Bogotá, evidenció un estilo de gobierno que busca diferenciarse de administraciones anteriores.
El primer gesto fue el protagonismo de la fe durante el acto oficial, con oraciones de representantes de comunidades judías, evangélicas y católicas, además de interpretaciones musicales de contenido religioso. La duración y el lugar central que ocupó este segmento generaron cuestionamientos desde sectores políticos y académicos sobre la relación entre el nuevo gobierno y el principio constitucional de laicidad del Estado.

El segundo momento fue el traslado al Batallón Pichincha, donde De la Espriella pronunció un discurso centrado en seguridad, autoridad y combate al narcotráfico, afirmando que “la opción del diálogo está completamente agotada” frente a los grupos armados. La decisión de hablar desde un escenario militar, en lugar de un recinto civil tradicional, reforzó el mensaje de mano dura como uno de los ejes de su administración.
Finalmente, el presidente llevó a la tarima a Luis Felipe Yagüé, un comerciante de Caquetá que se hizo conocido durante la campaña por un video viral relacionado con su apoyo electoral. De la Espriella lo presentó como invitado especial y primer beneficiario de un programa gubernamental para pequeños emprendedores, proyectando una narrativa de cercanía con sectores populares. En conjunto, los tres gestos sugieren un gobierno que buscará apoyarse en la seguridad, el emprendimiento y un fuerte componente religioso y simbólico, aunque varias de esas señales ya empiezan a generar debate sobre sus implicaciones institucionales y políticas.